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Colombia, el progresismo y la dialéctica del siglo XXI

Si algo ha caracterizado a la izquierda en Latinoamérica, en sus luchas emancipadoras y sociales, ha sido la confianza que se ha depositado en la línea marxista como política de hecho. La izquierda, al día de hoy, reivindica esta línea, pero no con la misma impetuosidad del siglo XX. 

En nuestro siglo, si hay algo que destaca profundamente, es el sinsentido que emerge de la sociedad; sinsentido que logra posicionarse en todos los aspectos de esta: en las academias, en las industrias, en el sector político, científico, etc. En el siglo XX se contaba con dos modelos que propiciaban un sentido y dirección: el marxismo, donde nos encontramos con un hombre rojo e internacionalista y, por otro lado, el capitalismo, donde nos encontramos con fieles seguidores del tío Sam. Tales modelos fueron explotados hasta más no poder. Se podrá debatir por décadas sobre cuál era conveniente y cuál no, pero una cosa es clara: la sociedad contaba con opciones, alternativas y, si se quiere, algún tipo de esperanza... Situación que se trastornó en unos cuantos años.  

Luego de que la URSS cayera, las esperanzas en el socialismo fueron menguando cada vez más; algunos pequeños países decidieron continuar el legado de los soviéticos, mientras que una mayoría de sectores políticos empezaron a desconfiar del proyecto socialista del siglo XX. Como respuesta a esta desconfianza, líderes progresistas empiezan a proponer nuevas vías en Latinoamérica. Estos, como es de esperarse, no reniegan estrictamente del socialismo —como sí lo hace la derecha—, pero tampoco aplican de forma completa las bases económicas y sociales de este. Son, quizá, más abiertos y pusilánimes al momento de emprender proyectos de gran envergadura o de tomar decisiones radicales que muevan a toda la sociedad; o, de otra forma, no creen en el proyecto socialista como futuras formas de organización. 

Si hablamos de referentes progresistas (a nivel latinoamericano), al día de hoy, nos encontramos con Rafael Correa, Gustavo Petro, Alberto Fernández (este es debatible) y Mujica, a pesar de que este último ya no esté en el poder. En un espectro más posicionado hacia el socialismo, están Evo Morales, Maduro, Ortega y el actual mandatario de Cuba, Miguel Díaz-Canel. De forma reduccionista y sin considerar el amplio bosquejo de particularidades que existen tanto en el progresismo como en el socialismo, las diferencias entre estos dos radican, exclusivamente, en dos aspectos: los primeros son más reacios al momento de condenar a la derecha y al imperialismo estadounidense, mientras que los segundos se muestran más firmes en estas ideas antiimperialistas, por no decir que son enemigos naturales de EEUU. El segundo aspecto lo encontramos en las bases económicas: mientras que los primeros no recurren a la estatización, los segundos sí. Este aspecto es más discutible, claramente, porque en la Bolivia de Evo no todas las empresas pasaron a ser controladas por el Estado, pero sí hubo leves regulaciones; por otro lado, en la Nicaragua de Daniel aún existen las industrias privadas. Así que, como dije, es un aspecto un tanto genérico y vago, pero la idea de la diferencia oscila entre esos dos puntos presentados. Ahora, el primer aspecto que destacamos sigue siendo aún un poco difuso, pues Correa, a pesar de ser progresista, también ha sido un acérrimo crítico de EEUU y defensor, incluso, de periodistas y activistas que han sido enemigos declarados del imperio, como Assange. 

No olvidemos el caso de Assange

Pero los dos aspectos diferenciadores, aunque difusos, logran explicar un poco la cuestión: el progresismo no reniega del socialismo, pero tampoco lo adopta; por eso vimos cómo Gustavo Petro, Correa y Mujica podían darse la mano con facilidad con un Chávez, Fidel y, actualmente, con Díaz-Canel y Evo. Sacamos a Maduro porque tanto como Mujica y Petro han sido críticos de este, mientras que Correa lo ha apoyado de forma abierta. 

Por otro lado, los progresistas pueden convergir fácilmente con sectores de la derecha y ser menos intransigentes con las políticas internacionales de EEUU con respecto a otros países: vimos cómo Mujica conversaba afablemente con Obama sobre la situación de Cuba; vimos la forma en la que reconocía que el mundo es un mundo de potencias y que el sector privado, al día de hoy, es irremplazable, es decir, lo vimos argumentar con sencillez que el socialismo, estrictamente, es inaplicable (razón por la cual muchos socialistas critican a Mujica). Ahora, en Colombia vemos a Gustavo Petro proponer un modelo que, a pesar de ser diferente, no reniega de las bases económicas del capitalismo y, mucho menos, del imperialismo estadounidense. No hemos visto a un Petro desconfiar de las políticas internacionales de Biden, sino que, al contrario, se ha mostrado esperanzado. Y, por otro lado, tenemos a Gustavo Bolívar llamándole, inadecuadamente, progresista a Biden mientras condena de forma grosera a los comunistas. Esto, por el momento, es lo que representa el progresismo en Colombia: la única salida que tenemos, pero también un mar de incertidumbre en lo que respecta a las posiciones políticas a nivel internacional. 


El progresismo en Colombia trata de trascender, con dificultad, el fenómeno izquierda-derecha para posicionar sus bases en cuestiones fundamentales como la justicia social, la disminución de la desigualdad y las políticas en aras de la sociedad y no de pequeños sectores burgueses y latifundistas 

Sin embargo, después de todo, hay puntos y posiciones claves que son inmodificables y que deben seguir vigentes en Colombia. El progresismo, como alternativa, debe tratar a la insurgencia como insurgencia, reconocerla como un conjunto de rebeldes y revolucionarios —paso al que no se ha llegado en la historia de Colombia por la fuerte campaña anticomunista y estigmatizadora—. Por otro lado, debe llegar a acuerdos consensuados con todos los sectores ninguneados; desde sectores populares, hasta los grupos y células guerrilleras que aún permanecen activas. Esto es algo que Gustavo Petro, hasta el momento, ha sabido leer: ha reconocido a la insurgencia como insurgencia y no como "grupos terroristas". Y este es, precisamente, el primer paso que debe dar un gobernante al momento de dialogar con un grupo subversivo: saber reconocer la posición de estos en la sociedad. A pesar de que se encuentra firmemente posicionado, hay otros sectores "progresistas" que no lo están; por ejemplo, algunos verdes que cayeron con facilidad en la campaña anticomunista del uribismo con el caso de Santrich y Márquez y que, a su vez, suelen satanizar con frecuencia al Gobierno de Maduro cayendo en el mismo juego de la derecha colombiana.  

Ahora, en lo que respecta a la superación del capitalismo, el progresismo que se plantea en nuestra realidad concreta, es decir, en Colombia, es en gran medida factor de una gran incertidumbre. Aquí se estaría adoptando la famosa sentencia de Mujica: "La sífilis es inevitable; el capitalismo, por ahora, no es evitable". Petro plantea la superación del neoliberalismo, que como ya ha expresado con anterioridad, este no es más que una forma de "regulación" del capitalismo o, dicho de otra manera, es la forma más extrema del capitalismo: la descomposición de la descomposición. 

Si algo tienen en claro los marxistas es que el progresismo ha de superar el estado actual de las cosas, la desigualdad abismal que existe en Colombia y, naturalmente, ha de disminuirla. Claramente, no la acabará por completo. Quedarán, por otra parte, muchos puntos inconclusos, como la posición de Petro frente a Biden, que al fin y al cabo termina representando al mismo imperio genocida, pero con un discurso más llamativo y ornamentado. Su posición ahora es muy difusa y poco reconocible, habrá que esperar, como es evidente, a que se posicione. 

Al día de hoy, errores como la exclusión del partido Comunes en la alianza de partidos alternativos suelen decir mucho o poco. Por un lado, la inclusión de estos puede tener costos electorales por la fuerte campaña anticomunista y estigmatizadora, y por eso se podría entender por qué la coalición entre partidos de izquierda y centro-izquierda no quiere incluir a Comunes. Y, en el peor de los casos, esta exclusión se debe al hecho de que fueron insurgentes y quieren desconocerlos. Ciertamente, creo que la razón de la exclusión de Comunes se debe al primer planteamiento, no al segundo. 

En definitiva, reconocer al progresismo como factor de cambio es algo sensato, pero es preciso saber que las bases del capitalismo se seguirán manteniendo, cosa que ya ha expresado Petro. Sin embargo, es menester, de igual manera, que este capitalismo esté a disposición de las clases populares. Es decir, un capitalismo popular o, por lo menos, algo parecido a eso, que es de lo que gozan los Gobiernos progresistas. Como ya le expresó Correa a Petro en una entrevista en la que se abordó la cuestión del poscapitalismo

[...] la izquierda moderna no puede negar el mercado; pero una cosa es que la sociedad entera esté en función del mercado y otra cosa es que el mercado esté en función de la sociedad: sociedades gobernando el mercado. Una correcta combinación de acción colectiva versus acción individual, que para mí es la dialéctica del siglo XXI. ¿Hasta dónde acción colectiva? ¿Hasta dónde acción individual? 

Así pues, si el socialismo ya no representa esa respuesta para muchos sectores de la izquierda, será preciso repensar el concepto del progresismo y las bases ideológicas de este. Al día de hoy, círculos de intelectuales trabajan en este concepto, porque no fue sino hasta hace poco que empezó a ganar numerosos adeptos, abandonando así a la izquierda socialista y profundizando en un espectro político no tan conocido hasta el momento, a pesar de que esté bien organizado. 

Será necesario preguntarnos si es posible una superación completa del capitalismo bajo un Gobierno progresista.

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