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Libertad, justicia y... ¿nihilismo?

Hace poco en Facebook me encontré con una página titulada Libertad y lo que surja, página abiertamente libertaria y pro-capitalista, donde las críticas hacia la izquierda no faltan, especialmente, hacia el socialismo y a los movimientos progresistas emergentes de América Latina. Bien, pero la idea aquí no es hablar ni controvertir sobre la posición de esta página, pues estaríamos entrando en un debate político que no se pretende abordar en el presente artículo; únicamente quiero destacar el hecho de que el nombre suscitó en mí ciertos aires schopenhauerianos (razón por la que adopté un nombre similar para el presente artículo) y algún fragmento remoto que apenas logro evocar, de una conversación de Crimen y castigo, del gran Dostoyevski. 

Ciertamente, esto a simple vista ha de parecer una completa locura. ¿Qué relación podría haber entre tal título —el del artículo— y un autor como Schopenhauer o, incluso, Dostoyevski? Bueno, la relación, en realidad, no es tan difícil de establecer; pero está basada únicamente en ciertos matices de las posiciones de estos dos, es decir, no en toda su filosofía.  

Muy bien, vayamos al punto rápidamente. Planteemos una situación hipotética y, por cierto, muy idealista: un mundo justo sin lucha de clases, donde la idea de libertad-equidad sea el imperativo moral de todas las sociedades que siguen en pie. Si bien los dos conceptos justicia y libertad son relativos por el hecho de que ciertas estructuras sociales suelen manejar diferentes acepciones que otras, podemos crear un punto de convergencia en esta situación: después de siglos de luchas sociales y emancipadoras, el mundo, con sus élites políticas y económicas, logran crear consensos en donde los intereses de la humanidad estén por encima de los particulares y, en consecuencia, se logra crear un punto de encuentro entre todas las sociedades. Seguido esto, la libertad, la justicia y la equidad terminan siendo denominadores comunes para todas las organizaciones sociales, es decir, serán conceptos que se entenderán de la misma forma en cada una de las civilizaciones —quizá con pequeñas variaciones—.  En efecto, suena sumamente idealista, pero es lo que las sociedades organizadas han reivindicado durante décadas. Concretamente, el mundo y sus clases populares, las clases excluidas y ninguneadas, buscan un mundo para todos y no para unos pocos: es el mundo ideal al que se pretende llegar, el mundo que la sociedad de hoy está reclamando. 

Ahora bien, situados en estas condiciones, luego de años arduos de luchas populares y sociales, el mundo es por primera vez libre de sus verdugos, de las clases dominantes y explotadoras que durante siglos solo cambiaban de forma, pero que seguían ahí. Lo expresado hasta aquí no es más que una forma ideal de la sociedad del mañana, donde las ideas que la humanidad ha defendido por siglos se llegan a realizar completamente. Pero aquí es donde entra Schopenhauer y, posteriormente, Dostoyevski. De estos autores podemos rescatar pequeñas consideraciones. De Schopenhauer, en particular, encontramos este problema fundamental del deseo, deseo que no es más que el producto de la voluntad. «Por eso todo amante, una vez realizada la grande obra de la Naturaleza, se llama a engaño; porque la ilusión que le hacía víctima de la especie se ha desvanecido» (Schopenhauer, 2000, pág. 23). Estas palabras son extrapolables a todos los ámbitos de la vida, no solo al de los enamorados; sino también al campo social. No creamos que los procesos sociales son una realidad remota a los deseos... Es más, cada cambio social que se realiza viene dado por este factor: el deseo de cambiar algo, de ir en contra o a favor de algo. Si bien encontramos más justificaciones y causas por las que un orden social es cambiado, el motivo principal y fundamental sigue siendo el deseo. 

El conjunto social, entonces, actúa bajo la misma naturaleza del deseo que mueve a todo individuo. Una sociedad desea un cambio y, posteriormente, en algún momento, se presenta el factor desengaño o, mucho mejor, el hastío, aburrimiento (por lo que se verá en la necesidad de una nueva transmutación). Pero este desengaño, o si se quiere, aburrimiento, no se presenta en todo el conjunto de la sociedad, sino en tan solo algunas células de estas que, en consecuencia, exigirán nuevas transformaciones. Los órdenes sociales han ido cambiando porque así una pequeña parte de la sociedad lo ha deseado: de la sociedad antigua, donde dueños y esclavos eran los principales antagonistas, se pasó a la sociedad medieval, donde nos encontramos con una estructura social más fraccionada, pero en la que el antagonismo principal es conformado por señores y siervos. Por último, encontramos la sociedad de hoy, la contemporánea, donde la incompatibilidad está entre proletarios y propietarios. Esta lucha de clases se explica desde una visión marxista, en la que los medios de producción suelen determinar en gran medida el futuro de la cultura y las ideas de una sociedad que, en últimos términos, terminará cambiando en tanto estos medios evolucionen. Es lo que Marx entendió como infraestructura. Pero es que esta infraestructura, que son las técnicas de producción, siguen estando condicionadas por los deseos de esos individuos que pretender cambiar algo. Nótese, el deseo no es más que esa necesidad de alcanzar algo, de establecer un cambio. 


En una sociedad justa, tenue y sin sentido, los hombres tendrán como últimos recursos dos cosas: un nihilismo que le precede al suicidio y una subversión fundamentada en nuevas causas, producto del deseo del cambio

Hasta aquí podemos concluir dos nociones básicas que se han desarrollado: 

  • El conjunto social, en últimos términos, actúa bajo la misma naturaleza de un individuo: la del deseo.
  • Los cambios sociales, más allá de las causas ideales por las que están regidos, se gestan porque se desea un cambio. Es decir, las luchas que se fundamentan en ideales como el de la justicia, libertad, equidad, etc., siguen el mismo patrón inconsciente del deseo, porque a la larga toda lucha va acompañada de un querer, y todo querer culmina en un desengaño, en una ilusión. 

Entonces, conectando todo, tanto individuo como sociedad son esclavos de este deseo y querer inconsciente. La filosofía de Schopenhauer se centra en el individuo y en el genio de la especie, pero no extrapola su análisis a términos de procesos sociales. 

Simplifiquemos todo esto en un pequeño ejemplo tomado del canal de ruzickaw, titulado Deseos satisfechos son torturas: 

En el video, Akizur relata la historia de 3 personas que han fallecido y, posteriormente, van a una especie de "cielo" o "paraíso" donde les prometen saciar sus fervientes deseos. A la primera persona le es concebida el bistec a la parrilla; a la segunda, una mujer rubia y sensual y, a la tercera persona, discos de música romántica. Estos tres placeres eran los que mayormente disfrutaban. Al pasar media eternidad, las personas yacían hastiadas y aburridas, pedían cambios, no soportaban más. Las personas solicitaron hablar con el encargado para quejarse, a lo que este respondió que cada una de los individuos recibió lo que quería, los placeres y deseos que tenían, que por qué estaban quejándose. Estos, aburridos y cansados, solo pidieron cambiar la rutina, pues no la soportaban más, era un suplicio, una carga interminable y repetitiva. El encargado respondió con una risa perversa: «¿Qué otra cosa esperaban del infierno? Por eso están aquí, para gozar hasta hartarse [...] da lo mismo, los placeres celestiales, por ser eternos, también se vuelven infernales. Ja, ja, ja». 


La eternidad y el paraíso no son sino otras formas de alcanzar el sufrimiento. Presionando aquí puedes ver el video de Akizur

Basándonos en lo planteado anteriormente, se puede concluir que la idea del paraíso que ofrece el cristianismo podría ser fácilmente reducida a una propuesta de sufrimiento si tenemos en cuenta la consecuencia de los deseos y la eternidad. Sin embargo, el punto aquí es llevar estas conclusiones al campo social, especialmente, con los conceptos de libertad y justicia, que es menester retomarlos.

Una sociedad justa y libre equivaldría a una sociedad anhelada y casi perfecta: sin desigualdades económicas o sociales; sin crímenes ni guerras, etc. Sería el fin de tantas luchas que la humanidad ha atravesado, de tantas guerras y atrocidades. Estamos aquí ante la situación por la que se supone que hemos luchado tanto. En una palabra, hemos alcanzado el mayor deseo social. No obstante, ¿qué puede garantizarle a esta sociedad que las cosas permanecerán tal como están? Absolutamente nada. Siempre habrá individuos y círculos sociales que echarán todo a perder, porque como se dijo antes, una vez el aburrimiento y el hastío toquen la puerta de tal sociedad, las personas crearán nuevas ideas o nuevas formas de querer y pedir algún cambio. De aquí nacerán nuevas insurgencias o levantamientos: siempre habrá personas dispuestas a renegar de los valores de una sociedad, sin importar lo justa que esta sea. Solo basta una persona para empezar a subvertir el orden establecido.

Dostoyevski (2005) nos da un punto de referencia para apoyar más la cuestión: 

—Imagínate, Rodia —dijo Rasumikhine—, que la disputa principal desembocó en la cuestión de si existe el crimen. Los socialistas opinaban que el crimen es una protesta contra una situación social defectuosa.

—¡Gran error! —exclamó Porfirio Petrovich muy divertido.

—Y nadie puede sacarles de su tontería. En sus libros se lee «Tal individuo se ha perdido a causa del medio». Para ellos, en una sociedad bien organizada no se cometerían crímenes: todos los hombres llegarían a ser justos. Despreciarían la naturaleza, la eliminan. El alma que ellos quieren es un alma muerta, sin voluntad; una esclava que jamás se rebelará (pág. 82).

Vemos aquí, pues, un supuesto de un mundo justo donde los individuos están sometidos y donde la voluntad, una vez muerta, no encontrará formas de rebelarse. Diría yo que esto es mera utopía, pues la rebelión siempre estará siendo considerada así sea por una sola persona. Siempre habrá alguien que querrá probarlo todo. Esto nos lleva, entonces, a saber que incluso en cualquier forma posible de sociedad justa y libre, siempre habrá personas dispuestas a contradecirlo todo, a dañarlo todo (o "arreglarlo", como se quiera).

Esta es quizá una razón suficiente para especular desde ahora que toda lucha es fútil, que toda idea, una vez realizada, siempre es superada por la realización de otra idea que emerge de un nuevo deseo. Pensar, luego, que todo mundo justo siempre habrá de caer en manos de nuevas insurgencias que trocarán el orden establecido, es algo del día a día una vez se comprende el problema de los deseos. Creo que es un problema insuperable, pues se sabe que vivir es querer, y querer es esencialmente sufrir. En un mundo justo, realizado y en reposo, pocas razones habría para seguir existiendo; no habría luchas ni ideas que alcanzar, objetivos ni metas por las que seguir. Sería un mundo plano y desprovisto de sentido. Precisamente, aquí es donde, de alguna manera u otra, las injusticias suelen proveer a este mundo de sentido y de luchas. La gente vive para un mundo mejor, para contribuir a él; se estudia y se trabaja en aras de eso. Quizá las injusticias, entonces, son necesarias para dotar al mundo de sentido, para luchar contra algo y para tener una razón por la que algunos tengamos que levantarnos diariamente. Un mundo sin injusticias sería un mundo sin razones para luchar, y un mundo sin luchas sería un mundo vacío y tenue. El hombre, por tanto, encontrará nuevas formas y razones para rebelarse una vez el tedio lo alcance, una vez empiece a ser víctima del aburrimiento que produce la realización de un deseo. Aquí es donde un conjunto de la sociedad tenderá a rebelarse en contra del orden establecido. 

Pensar que las luchas, a la larga, terminarán reducidas en un mundo justo y libre, pero nihilista y aburrido, puede que no sea una idea apresurada teniendo en cuenta las consecuencias de todo deseo realizado. Esta idea produce náuseas, por ejemplo, para algunos rebeldes comprometidos que consideran un desenlace poco esperanzador para la sociedad del mañana. No obstante, a sabiendas de que el final puede ser poco prometedor, también hay que ser conscientes de que el proceso para llegar a tal peldaño social es todavía muy largo y complejo, y para algunos aún vale la pena recorrer ese camino. Pero es bueno, después de todo, considerar las probabilidades y estar abiertos a la idea de que, quizá y tan solo quizá, el mundo justo y libre no necesariamente deberá caer en un estado de nihilismo y de tedio. Por eso hay que estar abiertos a la idea de lo que pueda surgir posterior a eso, a la idea de Libertad, justicia y lo que surja. La lucha podría abandonarse si empezamos a considerar cuán absurdo será el desenlace; por eso es bueno, como ya repetí innumerables veces, considerar las posibilidades. 

Ahora, por otro lado, la sociedad de la que se ha hablado será completamente científica, donde la iglesia será reemplazada de raíz. En este sistema las necesidades metafísicas serán, como es de esperarse, mayores a las de la sociedad de hoy tal cual como la conocemos. Quizá la única forma de controlar ese "aburrimiento" posterior al deseo satisfecho, sea por medio de la canalización a través de actividades o de alguna filosofía que pueda atenuar esas ganas de querer más, y, en el peor de los casos, de las nuevas insurgencias y olas de rebelión que violenten la sociedad por la que tanto se peleó. Aquí, sin lugar a dudas, es preciso rescatar una consideración de Russell (1983):

No sé si los hombres serán felices en este paraíso. Quizá la bioquímica nos enseñe la manera de hacer feliz a un hombre, en el supuesto de que tenga lo necesario para la vida. Quizá se organicen deportes peligrosos para aquellos a quienes el aburrimiento transformaría de otro modo en anarquistas. Quizá el deporte se hará cargo de la crueldad que habrá sido desterrada de la política. Quizá el fútbol sea reemplazado por batallas simuladas en el aire, en las que la muerte sea el penalty de la derrota. Pudiera suceder que con tal de que les esté permitido buscar la muerte, no les importe a los hombres el encontrarla por una causa trivial; el caer por el aire ante un millón de espectadores pudiera llegar a ser considerado como una muerte gloriosa, aunque no se persiga más fin que el de divertir a una multitud en día de fiesta. Pudiera suceder que de esta suerte se encontrase una válvula de seguridad para las fuerzas violentas y anárquicas de la naturaleza humana. O también pudiera acontecer que, con una educación sabia y un régimen alimenticio adecuado, los hombres llegasen a curarse de sus impulsos desenfrenados, y toda la vida se tornara tan tranquila como una escuela dominical (pág. 172). 


Rebasa los límites del poder humano el guardar el equilibrio de la balanza entre los dos extremos

Así pues, en este mundo justo y netamente científico (en el peor de los casos cientificista y tecnócrata), será preciso alimentar a las sociedades con formas de canalización del deseo y de sus instintos más violentos, anárquicos. Será menester una filosofía apta para esta situación, e incluso, como bien plantea Russell, actividades que puedan llevar directamente a la muerte. 
Una vez aquí la comunidad científica será enaltecida y el nuevo orden dependerá estrictamente de esta. Pero hay que tener en cuenta, a su vez, que las sociedades deben estar más que organizadas para combatir los aires de tecnocracia que pueden posicionarse como forma de Gobierno a largo plazo. Esta tecnocracia, en su sentido virtuoso, tendrá a especialistas como gestores de la sociedad, pero sin restarle participación a la ciudadanía y sin coartar la democracia. No obstante, sabemos muy bien que esto es meramente utópico, pues una tecnocracia no tenderá a esa forma virtuosa nunca y, más bien, entrará en su forma más perversa: la reducción de la democracia a un grupo de expertos únicamente, donde los demás partícipes de una sociedad no tendrán voz ni voto dentro de las decisiones de esta. 

Quizá si una rebelión se llega a gestar en el mañana (en la sociedad que hemos planteado anteriormente), producto del aburrimiento y de los nuevos deseos, será bajo el lema de acabar con el institucionalismo científico. Pero una vez se acabe con este, vendrá un nuevo orden social y, posteriormente, nuevas rebeliones. Y así sucesivamente... Comprendiendo que el estado posterior al deseo será un tedio y aburrimiento que siempre terminarán por dejar al hombre en un completo estado de nihilismo, y quizá el peor de todos: el pasivo. Aquí es donde filósofos deberán trabajar en propuestas para el individuo de la sociedad deseada. 

Referencias

Dostoyevski, F. (2005). Crimen y castigo. Colombia: Atenea LTDA. 

Schopenhauer, A. (2000). El amor, las mujeres y la muerte (A. López White). Editado por: Ealeph.com

Russell, B. (1983). La perspectiva científica (Ariel, S.A.). España: SARPE, S.A.

 

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