La ciencia ha ejercido una notoria influencia en el transcurso de la historia, ha servido para transmutar, desmitificar, y para facilitar la vida del individuo y de la sociedad. Se le ha otorgado el galardón de la confianza y sabiduría, ha sido el medio más factible para proporcionar un sinnúmero de avances a lo largo de la historia. Se ha erguido como una de las más grandes instituciones de los últimos siglos, y de igual manera, se ha independizado en gran medida de la filosofía, a tal punto que ha renegado rotundamente de esta, y la ha empezado a ver con desdén y recelo. Hawking, por ejemplo, en El Gran Diseño (2010), hace una crítica mordaz con su famoso aforismo: «¿Por qué estamos aquí? ¿De dónde venimos? Tradicionalmente, estas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto». Si bien este apotegma no afecta de manera directa la concepción que los filósofos tienen acerca de esta disciplina, sí pone de manifiesto la manera en que la comunidad científica ha ido enalte...
Ni el más nihilista de todos los hombres puede quedarse callado frente a las injusticias del capital. Es preciso posicionarse y mantener el horizonte; el problema de la nada lo abordamos de último. La guerra popular continuará mientras exista hambre.