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Sobre la justificación de la existencia: el concepto de amor y la necesidad de dotar de sentido los días

En la sociedad contemporánea se entiende el fenómeno del amor como un acto, si se quiere, de espiritualidad. Romántico, poético y profundo. Evidentemente, emperifollar cada acontecimiento, más allá de este, es algo muy íntimo de la humanidad. Dotar —violentamente— de significado el más mínimo detalle que nos rodea es, quizá, muestra del abandono al que estamos sometidos. Un día es día de algo, el otro es día de otra cosa, y así sucesivamente. Luego se verá a medio mundo conmemorar cada día por algún "significado" en concreto. 

Este hecho no es más que una necesidad: quizá una forma de llenar ese vacío metafísico al que estamos sometidos desde que, una vez, somos arrojados al mundo. Esta necesidad nos empuja unos a otros a crear sentidos y significaciones vagas que, a la larga, terminan solidificándose y adquiriendo un horizonte que la humanidad abraza como suyo. Desde los cumpleaños, hasta un 31 de diciembre; desde cosas tan absurdas como el día del gato, hasta el día del elefante. No quiero sonar peyorativo por el hecho de levantar críticas ante tales cuestiones, pues para algunas personas, estas "conmemoraciones" son de suma importancia, ya sea para sus vidas o para hechos de gran "envergadura". Pero me mantengo: no le resta a mi argumento principal, que se fundamenta en la necesidad de las significaciones. 

Es perfectamente entendible que ciertos acontecimientos se transformen en nuevas conmemoraciones, pues el tiempo es un factor que, de alguna forma u otra, ordena nuestros sucesos y nuestras experiencias... y no es para nada raro que algunas de estas pasen a ser recordadas en algún punto histórico del futuro. Hasta ahí, no hay problema. 

Pero de esa idea a celebrar algo como el día del químico, del filósofo, del no sé qué cosa... hay mundos de diferencia. Quizá el mero hecho de querer sentirse identificados y reconocidos dentro de un mismo círculo, es lo que juega un papel importante aquí. Sentir esas metas y esos objetivos de esos círculos (académicos, ambientalistas, lo que se quiera) como propios, es lo que empuja a las personas a caer en esa red de ideas que termina idiotizándolas. Ver compartir a medio mundo esa cuestión de "feliz día del...", "feliz día de...", no hace más que reafirmar la idea de que la identificación con un círculo es imprescindible para el hombre posmoderno. Quiero decir con esto que, una gran mayoría de actos conmemorativos, están basados en esa sola necesidad de justificación de los días. Imagina que los días son una caneca y que los papeles que arrojamos a ella son el sentido que introducimos para, consecuentemente, sentirnos justificados. 

Por otro lado, nos encontramos también con la necesidad de romantizar e idealizar todo acto biológico. Esto se produjo en virtud de una evolución social que fue trastornando las bases y la forma de la reproducción. Es decir, ayer éramos simples máquinas biológicas y hoy somos lo mismo, pero con un elemento "moral" que le agrega cortesía y preceptos culturales a ese acto reproductivo que llamamos amor. Creo que sobre este tema ya hay tratados extensos. Decir que la finalidad del amor y de la sexualidad es la reproducción, no es algo revolucionario hoy. Las significaciones del mundo se están limitando a un mero fisicalismo y a concepciones reduccionistas que dejarán atrapado al hombre en una cárcel sin salida. Pero incluso, si hacemos una revisión histórica de las organizaciones familiares, veremos que la monogamia no es más que un modelo entre tantos. En consecuencia, la concepción contemporánea del amor puede ser impugnada desde un enfoque bioquímico y, por otra parte, desde un enfoque antropológico o sociológico. Pero los conceptos, incluso hoy, que hay tanta mecanización y explicación rigurosa de todo, siguen estando idealizados por una gran masa que se hace cargo de estos. Aquí no hay nada que reprocharles, salvo su ingenuidad. 

Reduzcamos todo a leyes y vayámonos al carajo

Vivimos en y para un sistema que está por encima de nosotros y, aunque queramos trascenderlo, habrá limitantes que seguirán coartándonos. Ciertamente, podemos cambiar cuestiones muy cercanas: modelos sociales, políticos, científicos, etc., pero nuestro sistema biológico y físico siempre será el imperativo de acción que estará esperándonos para hacernos saber qué somos. 
Como en los perros, nuestro funcionamiento es muy similar, solo que estos marcan el territorio por medio de la orina, mientras que nosotros, como un sistema más complejo, marcamos territorio por medio de comentarios en redes sociales (¿sabes qué tipos de comentarios, no?). Esto, como es evidente, queda abierto al debate y a la especulación. 

El fenómeno de la reproducción de los animales suele ser muy similar al de nosotros como especie. Esto es posible por el hecho de que la inversión biológicaque es la que determina que las células sexuales femeninas sean más importantes (casi un trofeo) que las células sexuales masculinas— está presente en toda la naturaleza. Por eso vemos, con mucha normalidad, a una jauría de perros machos ir detrás de la hembra que pretenden copular: una competencia a través de la fuerza. Debido a esto, la hembra suele ser más importante que el macho en la mayoría de los casos: por la inversión biológica. Esto es lo que explica, básicamente, el principio de Bateman en el marco de la biología evolutiva. Ahora, nuestra naturaleza no es muy distinta; estamos regidos bajo las mismas leyes biológicas, solo que hay, como ya se dijo antes, factores culturales y sociales que logran regular estos actos, como el matrimonio, por ejemplo. 

La monogamia no es, entonces, sinónimo de amor. Solo es una forma de organización más que se ha gestado en las diferentes etapas históricas. Desde organizaciones como la consanguínea, punalúa, sindiásmica, hasta la de hoy. Si hacemos una breve revisión histórica podríamos notar que más de un 75% de las organizaciones familiares han practicado la poliginia, y habrá otro leve porcentaje para las organizaciones poliándricas (estas últimas suelen deberse a la ingente afluencia de mujeres y escasez de hombres). Después de haber develado las bases biológicas e históricas de lo que hoy se llama amor, y, si se quiere seguir teniendo una visión formidable de este concepto, habría que recurrir a nuevas bases ideológicas que no hayan sido adornadas por los antiguos poetas, que fueron los encargados de haber abordado y ornamentado este concepto a profundidad.  Deconstruir las ideas que nos vendieron a temprana edad suele ser un caos, y más si no se cuenta con un ideario sólido que logre menguar la confusión. 

Las ideas que fundamentan las conmemoraciones de hoy, serán anacrónicas, inanes y poco efusivas en el mañana. Serán, como es debido, reemplazadas. La historia se encargará de borrarlas; no importa cuán arraigadas hayan estado en el seno de la civilización.  Sin embargo, una alternativa a este amor monógamo que ha sido cultivado por varios siglos en el seno de la sociedad europea y, posteriormente, en las culturas americanas, podría ser una visión nietzscheana de este. A pesar de que Nietzsche fue un desafortunado en esta cuestión, podría dejarnos una breve consideración sobre el amor

Aparece sobre la tierra una especie de continuación del amor en que aquel ávido deseo que experimentan dos personas, una hacia otra, deja lugar a un nuevo deseo, a un ansia nueva, a una sed común, superior, de un ideal colocado por encima de ellos; mas ¿quién conoce ese amor? ¿quién le ha sentido? Su verdadero nombre es amistad

Una vez los amantes, habiendo experimentado hasta el final todo el vigor del enamoramiento, llegan al hastío y al aburrimiento, quizá pueda emerger una continuación de este fenómeno, y tal continuación es la amistad. Una que se contempla y se cultiva fácilmente en la vejez, en los últimos días y que, en últimos términos, suele ser un pacto más de conveniencia (social e individual) y convivencia, que de naturaleza. 

Pero no nos hagamos ilusiones: esta amistad no está fundamentada en el carácter ideal que solemos depositar en estos temas, hay también un grado de odio y aburrimiento que suele expresarse día tras día. Una especie de esclavitud y de no retorno, como si la vida exclamase "¡Esto me tocó y ya no hay devolución!". La idea de este concepto que ya hemos abordado podrá seguirse discutiendo en las siguientes décadas, pero un consenso exacto nunca lo habrá por el hecho de estar sujeto a infinitas interpretaciones. Lo que lo hace, esencialmente, subjetivo y carente de universalidad. Quizá es un concepto indefinible, abstracto y surrealista. Fácil de moldear y que se adapta con rapidez a la dialéctica histórica y al contexto de los años y las épocas. Es muy probable que por esta razón no haya que tomarlo en serio o, por el contrario, haya que tomarlo muy en serio. 

En definitiva, solo tratamos de justificar esto. Como sea; inventando, creando, explicando, etc. Podría decirse que, de alguna forma, somos insurgentes: nos rebelamos ante el devenir y la incertidumbre, ante el nihilismo que produce la existencia. 




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